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septiembre de 2025 · 7 min de lectura

Anestesia digital: por qué no sentimos el cambio

El adormecimiento viene de serie.

Vida digital Atención y deseo

La historia de la rana en el agua hirviendo es falsa en su mayor parte: las ranas saltan en cuanto el agua empieza a resultarles incómoda. ¿Y los humanos? Nosotros nos quedamos dentro, nos vamos acostumbrando y acabamos por no notar la temperatura en absoluto.

Le doy vueltas a esto por algo que pasó la semana pasada. Estaba cenando con mis padres y mi padre sacó el móvil para zanjar una discusión sobre un dato. Hace veinte años habríamos discutido durante una hora, quizá habríamos consultado una enciclopedia, si la teníamos a mano, y lo más probable es que cada uno se hubiera quedado con su opinión. Ahora la respuesta aparece en tres segundos. Nadie hizo ningún comentario, a nadie le pareció digno de mención; la discusión, sencillamente, se disolvió.

No lo digo como queja: zanjar discusiones con pruebas está bien. Pero la velocidad con que lo hemos normalizado es reveladora. La mejora cognitiva más radical de la historia humana se ha vuelto aburrida.

El problema del gradiente

El cambio que llega poco a poco no se registra como cambio. Es un fenómeno bien documentado en psicología: somos excelentes detectando saltos bruscos y pésimos percibiendo derivas lentas. Nuestros sistemas de atención evolucionaron para los depredadores y las rocas que caen, no para transformaciones culturales que se despliegan a lo largo de décadas.

Piensa en lo que le ha pasado a la memoria. Hace diez años probablemente te sabías docenas de números de teléfono: el tuyo, el de tus padres, los de tus mejores amigos, quizá alguna dirección importante. La información vivía en tu cabeza porque no quedaba más remedio. Ahora casi nada de eso vive en la memoria biológica.

Nada de esto es noticia; todo el mundo sabe que ha ocurrido. Lo extraño es lo poco que nos inquieta. Hemos aceptado una reestructuración radical del funcionamiento de la memoria, hemos repartido nuestros recuerdos entre silicio y servidores y, en general, nos hemos encogido de hombros. La transición fue tan suave que pareció que no pasaba nada.

Esa suavidad está diseñada, no es casual. Todas las empresas tecnológicas han descubierto que la gente adopta las herramientas más deprisa cuando adoptarlas no cuesta ningún esfuerzo. La fricción es el enemigo y la fluidez, la meta; y la fluidez significa que no notarás lo que estás cediendo hasta mucho después de haberlo perdido.

Lo que nos cuesta el adormecimiento

En medicina existe un concepto llamado «adaptación al dolor crónico». Cuando el dolor persiste el tiempo suficiente, el cerebro deja de marcarlo como urgente. No es exactamente que lo sientas menos: dejas de notarlo de la misma manera, y el dolor pasa a ser ruido de fondo.

Algo parecido ocurre con la integración de la tecnología. Los costes no urgen lo bastante como para que los registremos, y se van acumulando en segundo plano: un poco menos de paciencia, un poco menos de tolerancia al aburrimiento, un poco menos de capacidad para la concentración profunda. Cada pérdida, por separado, es insignificante; el efecto acumulado es considerable.

Conozco a gente que lleva años sin leer un libro, y no porque sean tontos o vagos, sino porque su atención ha sido reeducada para otros ritmos. Son capaces de procesar cantidades enormes de información en ráfagas cortas y les cuesta cualquier cosa que exija una concentración sostenida. Es un cambio de fondo en la capacidad cognitiva, y la mayoría de ellos no se ha dado cuenta de que estaba ocurriendo.

El adormecimiento no siempre es un problema; a veces no sentir un cambio es adaptativo. Nadie quiere ser consciente de cada latido del corazón, y algo de automatización viene bien. Pero el adormecimiento se vuelve peligroso cuando nos impide decidir conscientemente qué cambios queremos de verdad.

La cognición dividida

Lo que creo que está pasando de verdad es que nuestro sistema cognitivo se reparte ahora entre varios sustratos: el cerebro biológico, los dispositivos personales, la infraestructura en la nube. Cada componente tiene propiedades distintas. El cerebro biológico es lento pero flexible, propenso al error pero capaz de intuiciones; los componentes tecnológicos son rápidos pero rígidos, exactos pero literales.

Esta cognición dividida crea una situación extraña: una parte de tu mente cambia de maneras que puedes percibir y otra parte cambia de maneras que no. La parte biológica sigue envejeciendo, sigue olvidando, sigue experimentando el mundo subjetivamente. La parte tecnológica se actualiza sin que lo veas, acumula datos sobre ti que nunca revisas y decide qué información te llega sin que tú intervengas.

El adormecimiento se debe en parte a esta división. No puedes sentir lo que pasa en la nube porque no tienes acceso sensorial a ella; solo percibes los resultados, las recomendaciones, las sugerencias, los autocompletados, y como el proceso es invisible, el cambio también lo es.

La trampa de la comodidad

Nadie decide volverse dependiente de algo de la noche a la mañana; ocurre por comodidad. Cada elección, por separado, tiene sentido: ¿para qué memorizar un número que puedes guardar?, ¿para qué sostener una opinión cuando puedes comprobarla?, ¿para qué conservar una destreza que una herramienta domina mejor?

La lógica es impecable en cada paso; el destino solo se ve desde la altura, y la altura no se nos da bien. Lo que se nos da bien es el paso siguiente, el problema inmediato, la fricción que tenemos justo delante.

Es una filosofía de diseño, no una conspiración, que casualmente explota un punto ciego de nuestra cognición. Facilitar las cosas, quitar obstáculos, reducir la fricción: objetivos razonables que, perseguidos sin descanso, llevan a una dependencia que nadie eligió y que pocos son capaces de percibir.

No propongo que hagamos las cosas más difíciles a propósito, que sería puro masoquismo, sino que nos fijemos en lo que cuesta la comodidad y decidamos conscientemente cuándo pagar ese precio y cuándo negarnos a pagarlo.

Sentir el agua

¿Hay alguna manera de vencer el adormecimiento? ¿De sentir de verdad la temperatura del agua en la que nadamos?

Algunas prácticas ayudan. Desconectarse de vez en cuando crea contraste y hace visible lo que normalmente no se ve. Llevar un diario de cómo usas la tecnología te obliga a ponerlo en palabras de manera consciente. Hablar con la gente mayor de lo que recuerdan haber perdido da perspectiva histórica.

Pero dudo que ninguna práctica resuelva del todo el problema del gradiente. Somos, en el fondo, malos percibiendo el cambio lento. Lo más que podemos hacer es construir sistemas y hábitos que le señalen los cambios a nuestra atención, incluso cuando ella, dejada a su aire, pasaría de largo.

En parte por eso escribo ensayos como este: no porque tenga respuestas, sino porque escribir me obliga a poner en palabras lo que percibo, y ponerlo en palabras hace visible lo invisible, al menos durante un tiempo.

La aceleración que viene

Lo que me preocupa es que el ritmo va en aumento. Lo que en 2000 llevaba una década, en 2010 llevaba cinco años y en 2020, dos. La curva es exponencial, lo que significa que la pendiente se empina, y eso significa a su vez que nuestra capacidad para percibir el cambio gradual, ya insuficiente de por sí, lo es cada vez más.

La integración de la IA es la frontera actual. Hace dieciocho meses casi nadie usaba asistentes de IA para las tareas de cada día; ahora lo hacen millones de personas. El cambio ha sido más rápido que las integraciones tecnológicas anteriores y sigue acelerándose. Cuando este ensayo cumpla un año, lo que hoy parece novedoso parecerá antiquísimo.

El adormecimiento seguirá el mismo paso, porque no le queda otra: si sintiéramos del todo el ritmo del cambio, nos desbordaría. La anestesia nos protege, pero los mecanismos de protección pueden convertirse en cárceles cuando el peligro del que protegían ya es otro.

El móvil de mi padre sabe más de la historia de nuestra familia que él. Guarda años de fotos que nunca ha repasado, conversaciones que ha olvidado, pautas de su comportamiento en las que nunca ha reparado. Ese archivo crece cada día. Él lo vive como una comodidad; yo lo vivo como una reescritura lentísima de lo que significa la memoria.

Ninguno de los dos siente que el agua se va calentando: nos hemos adaptado. La pregunta es si adaptarse es siempre la respuesta correcta o si a veces la respuesta correcta es notar la temperatura y decidir, conscientemente, si queremos seguir en la olla.

No tengo respuesta, pero intento al menos hacer la pregunta antes de que ya no haya manera de hacerla.

Escrito por

Javier del Puerto

Fundador de Kwalia