agosto de 2025 · 6 min de lectura
La epidemia de soledad tiene un modelo de negocio
Las redes sociales no están estropeadas: funcionan exactamente como se diseñaron.
Las redes sociales no están estropeadas: funcionan exactamente como se diseñaron.
En 2023, el director general de Salud Pública de Estados Unidos declaró la soledad una epidemia de salud pública. Las tasas de soledad declarada se han duplicado desde los años ochenta, y los jóvenes, la generación más «conectada» de la historia, son quienes dicen sentirse más aislados. Y eso no es una casualidad, sino el resultado de un negocio.
El mecanismo es este: las plataformas ganan dinero capturando tu atención. Cuanto más rato pasas deslizando el dedo por la pantalla, más anuncios ves. ¿Y qué es lo que te mantiene ahí, bajando y bajando? La activación emocional. ¿Y qué emociones activan más? La envidia, la indignación y la sensación de no dar la talla.
La envidia es especialmente útil. Cuando ves la vida retocada de alguien, sus vacaciones perfectas o su pareja perfecta o su piso perfecto, sientes una punzada de insatisfacción con la tuya. Esa insatisfacción es incómoda, y la incomodidad te mantiene pasando pantalla, buscando algo que te haga sentir mejor, y lo que encuentras es más contenido que te hace sentir peor, en un ciclo que resulta rentable.
La máquina de atención
Piensa en qué está optimizando el algoritmo, porque no es tu bienestar ni tus relaciones: es el engagement, el tiempo que pasas en la plataforma, los clics. Y esas métricas se corresponden con la intensidad emocional, no con la salud emocional.
El sistema es lo bastante listo para saber que enseñarte el martes anodino de un amigo no te va a retener. Pero enseñarte los mejores momentos de la vida de alguien, de alguien que parece vivir la vida que tú querrías, eso sí funciona. ¿Y enseñarte contenido que te enfurezca contra los que no son de los tuyos? Mejor todavía. El algoritmo no te odia; le das exactamente igual, se limita a optimizar una cifra, y tú eres la materia prima.
El resultado es un feed diseñado para provocar, no para conectar. Lo que ves es el contenido con más probabilidades de hacerte sentir algo intenso, no el que tiene más probabilidades de hacerte sentir bien. Y con el tiempo eso te deforma la idea que tienes de la realidad: parece que a todos los demás les va de maravilla, que todos los demás lo tienen resuelto y que tú eres el único que va a tientas en la oscuridad.
Conexión sin intimidad
Las redes sociales ofrecen un sustituto extraño de la conexión real: la relación parasocial. Sigues a alguien, ves lo que publica, sientes que lo conoces, y esa persona no sabe que existes. Es una intimidad que corre en un solo sentido, como un río que solo va hacia abajo.
Esto se parece a una conexión porque nuestro cerebro no está hecho para distinguir entre ver a alguien en una pantalla y verlo en persona: se activan los mismos circuitos neuronales y se liberan las mismas hormonas. Pero falta algo. La intimidad de verdad exige reciprocidad, exige ser conocido tanto como conocer, y eso los vínculos parasociales no pueden dártelo.
Así que acabamos en una situación curiosa: al tanto de más gente que ningún ser humano en la historia, y más solos. Tenemos mil conocidos y nadie a quien llamar a las dos de la madrugada; sabemos qué han desayunado nuestros compañeros del instituto y no sabemos si son felices.
La espiral del aislamiento
Aquí es donde la cosa se vuelve más turbia. La soledad, por sí misma, alimenta el engagement. Cuando estás solo, es más probable que busques compañía donde puedas encontrarla, y para mucha gente eso significa el móvil. Lo que significa más rato de pantalla, más exposición al contenido diseñado para que sientas que no das la talla y, por tanto, más soledad.
Las plataformas lo saben. Una investigación interna de Meta demostró que Instagram hacía que las adolescentes se sintieran peor con su cuerpo. No publicaron nada de aquello por voluntad propia, y cuando se filtró, la respuesta fue ponerse a la defensiva y maquillar el asunto. El producto no cambió. ¿Por qué iba a cambiar? El mecanismo que hace que las adolescentes se sientan mal es el mismo que las mantiene enganchadas. Los documentos filtrados eran demoledores.
No creo que haya aquí una conspiración. Nadie dijo en un consejo de administración «hagamos que los chavales se sientan solos para que usen más nuestra aplicación». Construyeron sistemas que optimizan el engagement y resultó que la soledad y el engagement van de la mano. El daño surgió sin que nadie lo planeara, y no por eso es menos daño.
No está roto: funciona
El relato habitual es que las redes sociales tienen fallos que hay que corregir: si retocamos un poco el algoritmo, añadimos algo de fricción y moderamos mejor, todo irá bien.
No creo que sea así. La soledad no es un fallo, sino un resultado del núcleo mismo del modelo de negocio. Mientras las plataformas ganen dinero con la atención, tendrán incentivos para capturar toda la que puedan; y la forma más segura de capturar atención es provocar emoción, y la forma más segura de provocar emoción es hacer que la gente se sienta insuficiente, indignada o asustada.
Esto no se arregla con retoques en la interfaz: habría que cambiar el modelo de negocio, lo que significa cambiar la manera en que estas empresas ganan dinero, lo que significa hacerlas menos rentables, y para eso no veo a nadie que se presente voluntario.
Lo que damos a cambio
Cada hora que pasas deslizando el dedo es una hora que no pasas con alguien en la misma habitación. Cada relación parasocial es tiempo que no inviertes en una recíproca, y cada chute de dopamina de un «me gusta» es un pequeño reintegro que se descuenta de la satisfacción más honda de que te conozcan de verdad.
No te lo digo desde el púlpito: yo también estoy en esas plataformas, como todos. El diseño es eficaz precisamente porque juega con nuestra psicología en vez de ir contra ella. La cuestión no es si eres débil por dejarte afectar, sino qué haces una vez que has visto el mecanismo.
La epidemia de soledad no ocurre a pesar de nuestra tecnología, sino, en parte, por la manera en que la hemos diseñado. Construimos máquinas que convierten la atención humana en dinero, y resulta que la gente ansiosa, acomplejada y sola presta muchísima atención.
No tengo una solución limpia. Que cada cual cierre la sesión por su cuenta ayuda, pero no cambia el sistema; la regulación podría ayudar, pero los reguladores apenas entienden la tecnología; y las empresas no van a corregirse solas, porque el problema es su modelo de negocio.
Lo que sí sé es que reconocer el mecanismo es el primer paso. La soledad que sientes después de un rato de pantalla no es culpa tuya, es lo que se buscaba. El producto funciona exactamente como se pretendía, y tu insatisfacción son los resultados trimestrales de otro.
Lo que hagas con eso es cosa tuya.