mayo de 2026 · 7 min de lectura
Sobre escribir con máquinas
Una reflexión personal.
Voy a contarte cómo se escribió este ensayo y, de paso, intentar decir algo verdadero acerca de lo que se siente en realidad al escribir con IA: la experiencia, no el discurso que la rodea.
Empecé con una idea: quería escribir sobre escribir con máquinas. Sabía más o menos lo que quería decir. Algo sobre la extrañeza de colaborar con alguien que no está, sobre esa sensación de que las palabras son mías y a la vez no lo son, sobre una incomodidad que todavía no he resuelto.
Luego hablé con la máquina. No en el sentido de darle prompts y recoger lo que devuelve, sino en el de pensar en voz alta delante de ella, ver qué me contesta, discutir con ella, dejar que me sorprenda, rechazar casi todo lo que me ofrece y quedarme solo con los fragmentos que me dicen algo.
¿Cómo funciona de verdad la colaboración entre un escritor y una IA?
Escribir con IA es una negociación. Yo llego con intenciones y la máquina llega con patrones, y lo que sale de ahí no es lo que yo habría escrito por mi cuenta ni lo que la máquina habría generado por la suya: es otra cosa, una tercera.
A veces la máquina me ofrece una frase y pienso: yo no lo habría dicho así, pero queda mejor que lo que tenía pensado decir. Otras veces rechazo todo lo que me propone porque se le escapa lo esencial de maneras que percibo pero que no sabría formular. Y el esfuerzo de explicar por qué la máquina se equivoca me enseña, muchas veces, lo que pienso de verdad.
Esta es la parte más rara del asunto. Aprendo lo que quiero decir llevándole la contraria a algo que no quiere decir nada. La máquina no tiene intenciones, ni comprensión, ni nada que le interese demostrar. Pero en la fricción entre lo que ella me devuelve y lo que yo le contesto descubro mis propias intenciones con más claridad.
¿Qué deberían declarar los autores sobre la coautoría con IA?
¿Cómo declaro esto? Esa pregunta me ha perseguido durante todo el proceso.
Si digo «escrito con IA», suena verdadero y engañoso a la vez. Verdadero porque la IA intervino en el proceso. Engañoso porque da a entender que la IA se encargó de escribir y yo me limité a supervisar, y no es así como se vive desde dentro. Escribí yo, pero lo hice conversando con algo que iba dando forma a lo que escribía.
Si digo «escrito por mí», también suena verdadero y engañoso a la vez. Verdadero porque las ideas son mías, las intenciones son mías y las decisiones sobre qué conservar y qué cortar son mías. Engañoso porque recibí una ayuda de la que a la mayoría de los lectores les gustaría estar al tanto.
Todavía no hay una buena respuesta para esto. El lenguaje con el que hablamos de la autoría da por supuesta una claridad que ya no existe. Nos hacen falta palabras nuevas.
¿Qué sigue siendo humano cuando la IA es coautora?
Esto es lo que la máquina no sabe hacer, todavía o de ninguna manera que yo reconozca:
No sabe qué me importa. Puede intentar adivinarlo a partir de patrones, pero no es capaz de notar la diferencia entre una idea que me cambia la manera de ver el mundo y una reformulación ingeniosa que lo deja todo tal como estaba. Eso corre de mi cuenta: soy yo a quien le importa.
Tampoco puede comprometerse con una afirmación. Puede generar afirmaciones a montones, pero no se juega nada con ninguna de ellas. El que dice «yo creo esto» y carga con la responsabilidad de equivocarse soy yo. La vulnerabilidad es mía.
Y no puede querer nada de ti, que eres quien lee esto. Produce un texto que suena a deseo, pero detrás no hay nadie que desee nada. Yo sí quiero que entiendas algo, que veas algo de otra manera, que sientas algo. Y ese deseo pesa en cada decisión que tomo sobre qué conservar.
Todo esto suena a consuelo, y lo es. Pero además creo que es verdad. La máquina es muy potente a la hora de reconocer patrones y generar texto, y está ausente allí donde viven la intención, el compromiso y el cuidado.
¿Cómo cambia la coautoría con IA la manera de escribir?
Escribir con IA ha cambiado mi forma de escribir, incluso cuando no la uso. Me he vuelto más consciente de mis propios patrones, de las frases a las que recurro sin pensar, de las estructuras en las que caigo por inercia. Ver los patrones de la máquina hace visibles los míos.
También me ha hecho menos celoso de lo que escribo. Cuando generar texto sale casi gratis, me aferro menos a los borradores y tiro cosas con más facilidad, porque producir más no cuesta casi nada. Y eso le viene bien a la escritura. Antes no soltaba nada.
Y, a cambio, estoy más en guardia con la voz. La máquina tiene sus tendencias: se inclina por ciertos tipos de frase, por ciertos ritmos, por ciertas maneras de hacerse la lista. Cuando las noto en mi trabajo, las corto. Estoy aprendiendo lo que no quiero rechazando lo que a la máquina le sale con más naturalidad.
¿Por qué incomoda la coautoría con IA?
Sigo sin estar cómodo con esto. Me gustaría poder decir con claridad: la colaboración funciona así, esto lo he aportado yo y esto lo ha aportado la máquina. Pero la cosa no se deja separar con tanta limpieza.
Las ideas son mías, salvo que algunas vinieron de la máquina y las hice mías al aceptarlas. Con las palabras pasa lo mismo: algunas me las ofreció ella y me las quedé porque funcionaban. Y la estructura también es mía, si no contamos que la máquina propuso alternativas y yo elegí entre ellas.
Lo mío es la elección: la intención que hay detrás de cada una de ellas, la visión que hace que una opción sea la correcta y la otra no lo sea. Pero dicho así parece que me atribuyo demasiado. Las opciones que me daba la máquina acotaban mis elecciones: solo podía elegir entre lo que se me ofrecía, y lo que se me ofrecía fue dando forma a lo que acabé haciendo.
¿Qué relación debería haber entre un autor humano y la IA?
He decidido ser honesto al respecto y aceptar la ambigüedad. Este ensayo se ha escrito con ayuda de la IA, y qué significa eso exactamente es lo que he intentado explicar. Si el ensayo es bueno o malo, si dice algo que merezca ser dicho, si ha valido la pena el tiempo que le has dedicado: esos juicios te corresponden a ti, y a mí me toca aceptarlos.
Los libros en los que he trabajado, Mindkind y Derechos de las Personas, se escribieron de un modo parecido: no los generó una IA para que luego los corrigiera un humano, sino que se escribieron negociando, conversando, eligiendo miles de veces qué conservar y qué rechazar. Las ideas, los marcos y los argumentos son míos, y salieron de un proceso que todavía estoy aprendiendo a entender y a describir.
Escribir siempre ha sido algo raro. Que los pensamientos se conviertan en marcas sobre una superficie, que esas marcas vuelvan a convertirse en pensamientos dentro de la cabeza de otra persona, esa conversación de siglos entre escritores y lectores que nunca llegan a conocerse. La IA añade una capa más de extrañeza, otra presencia sentada a la mesa.
No sé si esto es bueno o malo para la escritura, ni si lo es para mí. Lo que sé es que este es el sitio en el que estoy, y trato de hablar de él con honestidad.
Es lo más que puedo ofrecer: honestidad sobre la confusión, claridad sobre lo que no está claro. Esto lo estamos entendiendo todos juntos, sobre la marcha, y ese ir entendiéndolo es el trabajo.
Fuentes
US Copyright Office. (2023). Copyright and Artificial Intelligence, Part 1: Digital Replicas. Copyright.gov. copyright.gov/ai
Grimmelmann, J. (2016). «There's No Such Thing as a Computer-Authored Work, and It's a Good Thing, Too». Columbia Journal of Law & the Arts, 39(3), 403-416.
Floridi, L. et al. (2020). «An Ethical Framework for a Good AI Society». Minds and Machines, 28, 689-707. doi:10.1007/s11023-018-9482-5
del Puerto, J. & Molina, R. (2025). Mindkind: The Cognitive Community. Kwalia Books. ISBN 978-1-917717-13-7