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diciembre de 2025 · 7 min de lectura

El extraño mundo nuevo del arte hecho con IA

Lo de menos es si es arte «de verdad».

IA y creatividad

El año pasado me pasé tres horas puliendo una sola imagen. Escribí y reescribí los prompts, ajusté los parámetros, generé cientos de variantes, elegí, afiné, repetí, hasta dar con algo que coincidiera con la imagen que tenía en la cabeza. Cuando se la enseñé a alguien, me preguntó quién era el artista.

No supe qué contestar.

La respuesta honesta es complicada. La IA se encargó de la ejecución y yo de la dirección. Ninguno de los dos la hizo solo. Pero «cocreada con IA» suena a evasiva, y reivindicar la autoría entera me parece deshonesto. Todavía no tenemos las palabras adecuadas para esto.

El debate equivocado

Casi todo el debate público sobre el arte hecho con IA se atasca en una disyuntiva: ¿es arte de verdad o no lo es? Es la pregunta equivocada, porque da por hecho que el arte es una categoría natural con límites nítidos, y que si algo cuenta como arte o no depende de a qué lado de esos límites quede.

Pero el arte nunca ha funcionado así. El urinario de Duchamp, las latas de sopa de Warhol, el silencio de Cage, la propia fotografía: cada generación discute qué cuenta como arte, y la siguiente arrasa las fronteras que la anterior vigilaba. La categoría «arte» es un acuerdo social, no un hecho de la naturaleza.

Las preguntas interesantes son otras, y tienen que ver con lo que el arte hecho con IA nos hace a nosotros. ¿Cómo cambia lo que hacemos? ¿Lo que valoramos? ¿La manera en que nos relacionamos con las imágenes, y unos con otros a través de las imágenes?

La experiencia de hacerlo

Hay algo extraño en generar imágenes con una IA. Es distinto de dibujar, de pintar o de fotografiar, y la diferencia va más allá de que las destrezas motrices sean otras.

Cuando dibujas, hay un bucle directo entre la intención y el trazo. La mano se mueve, el pigmento pasa al papel, ves el resultado y corriges. La respuesta que recibes es continua y física. Aprendes lo que puedes hacer haciéndolo, y tu habilidad es inseparable de lo que tu cuerpo ha aprendido a hacer.

Con la generación por IA el bucle es otro. Describes con palabras lo que quieres. La máquina interpreta tus palabras a través de los patrones que ha aprendido. Ves el resultado, que nunca es exactamente lo que describiste y que muchas veces resulta interesante por donde menos lo esperabas. Afinas la descripción y vuelves a probar. La respuesta es lingüística y conceptual, más que física.

Es una experiencia distinta, no una experiencia peor. La habilidad que se desarrolla es la de describir: la de expresar lo que quieres de un modo que la máquina pueda interpretar, la de reconocer cuándo un resultado inesperado es en realidad mejor que lo que habías pedido. Es un nuevo tipo de competencia creativa, y hay quien la tiene mucho más desarrollada que otros.

La estética del exceso

El arte hecho con IA tiene un aspecto inconfundible. Incluso cuando es técnicamente impresionante, casi siempre le sobra algo: detalles de más, una simetría demasiado perfecta, un color demasiado saturado, una estética del desbordamiento.

Tiene sentido si piensas en cómo se entrenan estos sistemas. Aprenden de millones de imágenes y absorben los patrones de lo que hace que una imagen resulte visualmente llamativa. Convergen en una especie de estimulación máxima, con todas las técnicas de impacto visual aplicadas a la vez. El resultado son imágenes que impresionan a primera vista y que a menudo agotan cuando se miran de cerca. No saben cuándo parar.

Los artistas humanos aprenden la mesura. Aprenden el espacio negativo, la sobriedad, la fuerza de lo que se deja fuera. Los sistemas de IA tienden a lo contrario: ¿por qué tener un dragón cuando puedes tener siete, cada uno con las escamas más ornamentadas que el anterior?

Esto está cambiando a medida que la tecnología madura. Los sistemas más sofisticados son capaces de un trabajo más sutil, y los artistas que trabajan con IA están aprendiendo a contrarrestar sus tendencias maximalistas. Pero la querencia de fondo por el exceso sigue ahí, porque forma parte de cómo estos sistemas entienden lo que hace buena a una imagen.

Lo que se pierde

Cuando producir imágenes se vuelve barato, algo se pierde, y no necesariamente la calidad, porque la IA es capaz de producir imágenes técnicamente impecables. Lo que se pierde es la relación entre el esfuerzo y el resultado.

Cuando un artista humano crea algo bello, parte de lo que valoramos es el tiempo, la atención y la destreza adquirida que hay detrás. La imagen es prueba de la dedicación sostenida de alguien. Eso no la hace mejor como imagen, pero hace que signifique otra cosa: deja constancia de que un ser humano gastó en ella una parte de su tiempo en este mundo, que es finito.

Las imágenes generadas por IA no llevan ese significado. Son el resultado de procesos computacionales, no la constancia de una inversión humana. Pueden ser bellas, conmovedoras, sorprendentes, pero no dan testimonio de la vida de nadie como lo hace el arte tradicional.

Que esto importe o no depende de por qué te importa el arte. Si lo que te importa es la experiencia visual, la IA cumple. Si lo que te importa es la conexión con la visión y el trabajo de otro ser humano, la IA complica las cosas.

Los nuevos colaboradores

He empezado a pensar en los generadores de imágenes por IA como un nuevo tipo de colaborador. Herramienta, exactamente, no es, porque las herramientas no tienen tendencias estéticas propias, y artista tampoco, porque no tiene intenciones ni experiencia, así que queda en algún punto intermedio.

Trabajar con ellos es como trabajar con una ayudante muy hábil que tiene su propio estilo. Tú das las indicaciones y ella ejecuta, pero su ejecución lleva siempre la huella de sus propias inclinaciones. Tú tiras hacia un lado y ella se resiste. El resultado es una negociación.

En realidad, así es como se hace buena parte del trabajo creativo: el director trabaja con su director de fotografía, el escritor con su editor, el músico con su productor. La figura del creador solitario tiene siempre algo de mito. Lo que hace la IA es volver la colaboración más extraña, porque el colaborador no es humano, y el concepto de autoría se desdibuja.

Adónde va esto

No creo que el arte hecho con IA vaya a sustituir al arte humano, pero sí creo que va a cambiar para qué sirve el arte humano.

Cuando las imágenes son baratas, lo valioso pasa a ser aquello que las imágenes no pueden dar con facilidad: la historia de cómo se hicieron, la relación con quien las hizo, el contexto que les da un sentido más allá de sus propiedades visuales. El arte humano se valorará cada vez más por lo que tiene de humano antes que por su logro visual.

Ya ha pasado otras veces. Cuando la fotografía convirtió la representación realista en algo trivial, la pintura dejó de intentar competir y se hizo abstracta. Cuando la música grabada hizo reproducible la interpretación perfecta, el directo pasó a valorarse por su imperfección y por su presencia. Cada vez que una máquina domina una técnica, los humanos encuentran nuevas maneras de que la parte humana importe.

¿Aquella imagen en la que pasé tres horas? Sigue colgada en mi pared. La miro de vez en cuando. Sé exactamente cómo se hizo, qué intentaba conseguir, qué felices casualidades conservé y cuáles descarté. Significa algo para mí que no tiene nada que ver con que sea o no arte «de verdad».

Pero no tengo ni idea de cómo explicarle ese significado a otra persona. El extraño mundo nuevo del arte hecho con IA está lleno de experiencias para las que todavía no tenemos palabras, y tendremos que ir inventándolas sobre la marcha.

Escrito por

Javier del Puerto

Fundador de Kwalia