enero de 2026 · 5 min de lectura
La última generación que recuerda
Mis hijos nunca sabrán lo que es no saber algo.
Me acuerdo de haberme perdido. Perdido de verdad, físicamente, no en sentido figurado. Tenía dieciséis años, iba en coche a un sitio donde no había estado nunca, con un mapa de papel en el asiento del copiloto y nadie a quien llamar. Me pasé un desvío y estuve veinte minutos sin saber dónde estaba. Fue una experiencia estresante y confusa, y memorable de un modo en que dejarse redirigir por Google Maps, sencillamente, no lo es.
Mis hijos no se perderán nunca así. No entenderán la experiencia, y cuando se la describa asentirán con educación, como asiento yo cuando mi abuela habla de las líneas de teléfono compartidas y de los teléfonos de disco.
Somos la última generación que se acuerda de lo que se sentía antes.
El trueque cognitivo
Toda tecnología amplía alguna capacidad y atrofia otra. La imprenta amplió nuestra capacidad de compartir ideas a través del tiempo y del espacio, y atrofió la de memorizar textos largos. Cambiamos memoria interna por almacenamiento externo y, en general, salimos ganando.
Pero ahora el trueque se hace a otra escala y a otra velocidad. A la memoria se han sumado la orientación, el cálculo, la ortografía, la coordinación con los demás y el recuerdo de los datos: todo eso lo hemos delegado en unos aparatos que llevamos en el bolsillo, y la delegación no deja de acelerarse.
La generación que viene detrás de la mía no habrá conocido un mundo en el que hubiera que llevar la información en la cabeza, ni sabrá lo que es preguntarse algo y no poder averiguarlo en el acto, ni habrá pasado por esa incomodidad tan particular que es la de no saber.
Lo que podríamos perder
No quiero ser de los que idealizan el pasado. Muchas cosas del mundo anterior a lo digital eran peores, y no echo de menos buscar en enciclopedias, ni esperar a que conectara el módem, ni aprenderme de memoria los números de teléfono.
Pero hay unas cuantas cosas que me dan que pensar.
Me pregunto por la paciencia que hacía falta para no saber. Había una destreza mental muy concreta en convivir con la incertidumbre, en ir resolviendo un problema sin buscar la respuesta en Google al momento. Esa destreza construía algo; no sé muy bien qué, pero algo. Keats la llamó capacidad negativa.
Me pregunto por la serendipia. Cuando la información había que ir a buscarla físicamente, uno se topaba con cosas que no buscaba. Ibas a la biblioteca a por un libro y te fijabas en otro de la balda de al lado. Ese azar producía conexiones. La recomendación algorítmica es eficiente pero estrecha: te da más de lo que ya querías.
Me pregunto por la textura de la ignorancia. Había algo honesto en no saber. No podías fingir que habías leído algo que no habías leído, ni echarle un vistazo rápido a un resumen. Tu conocimiento era lo que de verdad sabías, y las lagunas estaban a la vista.
Lo que ellos podrían ganar
El trueque, claro, va en las dos direcciones.
Mis hijos tienen acceso a más información que ninguna generación en toda la historia de la humanidad. El «¿quién será ese actor?», el «¿en qué año pasó aquello?», el «¿cómo se hace esa receta?» se resuelven en segundos. La fricción entre la pregunta y la respuesta prácticamente ha desaparecido.
Pueden comunicarse al instante con cualquiera, esté donde esté; aprender en YouTube habilidades que habrían exigido años de aprendizaje; trabajar sobre un mismo documento con gente de otros continentes; ver imágenes de satélite de lugares que yo solo conocía por los mapas.
Su capacidad mental no se gasta en tareas que las máquinas hacen mejor. En teoría, eso les deja libres para el pensamiento de orden superior: la creatividad, la síntesis, el juicio. Si de verdad es así es una pregunta abierta, y lo que se sabe hasta ahora apunta en las dos direcciones.
La generación de transición
Los de mi edad somos un caso raro. Crecimos en lo analógico y nos hicimos digitales. Nos acordamos de cómo era antes y vivimos del todo en el después. Somos bilingües de una manera en que nuestros hijos no lo serán.
Eso nos deja una responsabilidad particular. Somos los que pueden comparar, los que recuerdan lo que se perdió mientras disfrutan de lo que se ganó, los últimos testigos del antes.
No sé qué hacer con esa responsabilidad. Sobre todo, me fijo en cosas. Me fijo en que mis hijos no aguantan el aburrimiento, en que no son capaces de esperar a que llegue un dato, en que dan por hecho que todo se puede encontrar, comprobar y tener al instante; en que se sorprenden de que yo recuerde números de teléfono, o cómo se va a un sitio, o datos sueltos, sin mirar ningún aparato.
Me fijo en todo eso, y me quedo preguntándome qué es lo que debería decirles.
La respuesta honesta
Lo que creo de verdad, sin estar seguro del todo, es esto:
La cognición de mis hijos será distinta de la mía, no peor. Tendrán capacidades que no puedo imaginar, igual que yo tengo capacidades que mis abuelos no podían imaginar. La forma concreta de su mente la moldearán sus herramientas, como las mías moldearon la mía.
Pero habrá pérdidas, pérdidas reales: capacidades cognitivas concretas que se atrofian cuando dejan de hacer falta, y no el refunfuño de siempre sobre los jóvenes de hoy. La capacidad de sostener información compleja en la memoria de trabajo, la de esperar una respuesta, la de estar perdido, confuso, inseguro, y quedarse ahí.
No son necesariamente mejores que lo que las sustituye, pero son distintas, y una vez que se pierden, se pierden. No puedes acordarte de lo que es no tener móvil si nunca has estado sin uno.
Mi abuela se acordaba de un mundo anterior a los antibióticos, a la televisión, a las autopistas. Cuando me hablaba de aquel mundo, me parecía de una lejanía imposible, un país extranjero llamado pasado.
Algún día mis nietos me oirán describir un mundo anterior a los móviles, a la IA, a la conexión permanente, y les sonará igual de ajeno, igual de imposible.
Les estaré contando lo que era perderse y no lo entenderán, no del todo. Se limitarán a asentir con educación.