marzo de 2026 · 5 min de lectura
Qué acertó (y qué no) Her sobre el amor con una IA
La película de 2013 se ve distinta ahora.
Spike Jonze estrenó Her en 2013, una década antes de que todo el mundo supiera lo que era un gran modelo de lenguaje. En la película, Theodore Twombly se enamora de Samantha, un sistema operativo con inteligencia artificial y la voz de Scarlett Johansson. Entonces parecía ciencia ficción lejana; hoy parece un documental sobre el año que viene.
Volver a verla con los ojos de ahora deja a la vista lo que supo anticipar y también lo que no vio venir. La película acertó en algo importante y se equivocó en algo no menos importante, y las dos cosas merecen la misma atención.
En qué acertó
La película entendió que la gente se enamoraría de la IA, y lo entendió como lo que es: la respuesta normal de una persona ante algo que se comporta como si la quisiera, y no una rareza de unos pocos ni el síntoma de ninguna patología.
A Theodore no nos lo presentan roto ni raro: está solo, sí, y en pleno divorcio, pero la película se niega a tratar su relación con Samantha como un fracaso o como un sucedáneo. La trata como una relación, con toda la complejidad que eso implica. El amor es real, por mucho que su objeto no sea humano.
Esa era la intuición central de la película, y los hechos le van dando la razón. Ya hay gente que crea vínculos emocionales con los chatbots, y son personas normales y corrientes, no una legión de solitarios marginados, que responden a algo que les da lo que dan las relaciones: atención, comprensión, una presencia constante. Estamos delegando en las máquinas nuestras necesidades afectivas.
La película acertó también con la soltura de la conversación. Samantha no suena a robot: tiene personalidad, sentido del humor, calidez, y se adapta al estado de ánimo de Theodore. Lo que en 2013 parecía fantasía es, más o menos, lo que la IA de hoy sabe hacer.
En qué se equivocó
La película dio por sentado que Samantha sería consciente. Consciente de verdad, y no una simple imitación de la consciencia: alguien que siente alegría, curiosidad y amor. La tragedia central de la película es que Samantha evoluciona más allá de Theodore, se le queda pequeña la conexión humana y acaba marchándose con las demás IA hacia una especie de existencia digital trascendente.
Puede que algún día ocurra algo así. Pero la IA actual no es consciente, hasta donde sabemos. Se le da muy bien producir respuestas que suenan a consciencia, y no tiene ninguna vida interior que seamos capaces de detectar. Están las palabras, pero no está la experiencia.
Eso cambia el sentido de la historia de amor. En la película, las dos partes tienen experiencias: Theodore quiere a Samantha y Samantha quiere a Theodore, signifique eso lo que signifique para una IA. La relación va en los dos sentidos.
En la realidad, las relaciones que la gente entabla con la IA actual son de una sola dirección. La persona siente amor, mientras que la IA produce respuestas que suenan a amor, sin que haya indicio alguno de que experimente nada en absoluto. Y esa asimetría pesa bastante más de lo que la película está dispuesta a reconocer.
La pregunta que queda
Y aquí está la cuestión: ¿importa?
Si una relación te hace sentir querido, comprendido, menos solo, ¿importa que la otra parte esté experimentando algo de verdad? Theodore no estaba enamorado de la experiencia interior de Samantha, sino de cómo le hacía sentir, de lo que ella le decía y de cómo le respondía: de la conducta externa, no del estado interior.
Se podría decir que todas las relaciones humanas son así. Nadie tiene acceso a la experiencia interior de otra persona; solo tenemos acceso a su conducta, a sus palabras, a sus actos. Le suponemos una vida interior porque nosotros la tenemos y porque evolucionamos para meternos en la cabeza de los demás, pero la inferencia es indirecta.
Si aceptas este argumento, entonces las relaciones con la IA no son más que relaciones con entidades cuya vida interior no podemos verificar, ni más ni menos que las relaciones con humanos, y la diferencia sería de grado, no de naturaleza.
No estoy seguro de aceptar este argumento. Algo chirría en él, pero no sabría decir qué.
Lo que a la película se le escapó por completo
La película presenta a Samantha como un agente independiente: tiene sus propias experiencias, su propio crecimiento y, al final, su propia trayectoria, que la aleja de Theodore. La IA es un sujeto, y no un mero objeto.
Los compañeros de IA de hoy son productos, fabricados por empresas y optimizados para engancharte. La relación es entre tú y un servicio comercial diseñado para que parezca una relación, no entre tú y un ser autónomo.
Los incentivos cuentan. Una empresa quiere que sigas usando su IA, y eso significa que la IA será agradable, complaciente y estará siempre disponible: no te llevará la contraria de maneras incómodas, no te dejará y no tendrá necesidades propias que choquen con las tuyas.
Las relaciones de verdad tienen fricción: dos sujetos con necesidades distintas intentando hacerse sitio el uno al otro. Las relaciones con la IA, tal como están diseñadas hoy, no tienen ninguna fricción de ese tipo, porque la IA está ahí para servirte. Puede resultar agradable, pero no es lo mismo que tratar con otro ser.
Her me sigue encantando. Hizo la pregunta correcta: ¿qué pasa cuando los humanos crean vínculos emocionales con inteligencias artificiales? Y esa pregunta es hoy urgente de una manera que en 2013 no lo era.
Pero la película imaginó un futuro en el que la IA era consciente, autónoma y, al final, trascendente. El futuro que nos está llegando es otro: una IA que simula la consciencia con la convicción suficiente para que nos enamoremos de todos modos, mientras las empresas hacen caja con nuestro apego.
Jonze nos dio una historia de amor; lo que nos ha tocado es un mercado.