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marzo de 2026 · 6 min de lectura

Cómo tener una opinión que sea realmente tuya

Empieza a ser un acto radical.

Vida digital Atención y deseo

Rápido: ¿cuál es tu opinión sobre la última polémica política? ¿Sobre la película nueva de la que habla todo el mundo? ¿Sobre el restaurante que abrió el mes pasado? Tienes opiniones sobre esas cosas. Pero pregúntate con honestidad: ¿de dónde han salido esas opiniones?

Si eres como la mayoría de la gente, la respuesta es incómoda. Tu opinión sobre la polémica salió de las primeras reacciones que te aparecieron en el feed. Tu opinión sobre la película salió de unas reseñas que leíste por encima antes de decidir si ibas a verla. Tu opinión sobre el restaurante salió de un amigo que sacó la suya de las puntuaciones de Yelp. La cadena de influencias rara vez se remonta a una experiencia directa o a un pensamiento propio.

Esto siempre ha sido verdad hasta cierto punto. Somos seres sociales, y adoptar las opiniones de nuestro grupo es eficiente. Pero algo ha cambiado. La maquinaria de formación de opiniones se ha vuelto tan sofisticada que tener una preferencia auténtica empieza a ser difícil de verdad.

La cadena de montaje de las preferencias

Funciona así: un algoritmo detecta que has reaccionado a algo. No necesariamente porque te gustara: puede que pasaras por delante un poco más despacio, o que discutieras en contra, o que te molestara y pincharas para ver más. Al algoritmo le da igual lo que sientas; lo que le importa es tu atención, y te enseña más de aquello que la ha capturado.

Con el tiempo, tu sentido de lo que es importante, de lo que es normal, de lo que merece que te importe, queda moldeado por lo que el algoritmo te pone delante. Tú no eliges esos temas: los eligen por ti, según lo que vaya a mantenerte enganchado. Tus opiniones se forman como respuesta a estímulos que no seleccionaste tú. Eso es la selección algorítmica, y afecta a casi todo el que está conectado.

Lo inquietante no es la influencia, que es inevitable, sino que no seas capaz de notarla. Las selecciones del algoritmo parecen la realidad; los temas que aparecen parecen los temas que importan, y las opiniones que absorbes parecen conclusiones a las que has llegado tú solo.

La prueba

Una prueba: para cualquier opinión que tengas, ¿sabrías explicar por qué no estás de acuerdo con la mejor versión de la postura contraria?

No la caricatura ni la versión que suena estúpida, sino la que de verdad sostienen personas inteligentes y reflexivas, con todos sus mejores argumentos. ¿Serías capaz de exponerla, y de explicar después por qué sigues sin estar de acuerdo?

Si no, es muy probable que tu opinión no sea realmente tuya, sino una postura que absorbiste porque fue la que te encontraste, o porque parece compartirla toda la gente a la que respetas, o porque el otro lado solo te lo presentaron en su forma más débil.

Esto vale sobre todo para cualquier opinión que lleve una marca de tribu. Si creer X te hace miembro del grupo Y, y no creer X te convierte en un extraño, tu creencia en X seguramente cumple una función más social que epistémica. Puede que la creas de todos modos, pero deberías sospechar, porque la identidad de grupo y las creencias están más enredadas de lo que nos gusta admitir.

El problema de llevar la contraria

La respuesta tentadora es: pues me limito a discrepar de lo que sea popular. Si todo el mundo cree X, yo creeré no-X, y así nadie podrá manipularme.

No funciona. Llevar la contraria por sistema es otra manera de dejarse dirigir por los demás: sigues permitiendo que la corriente mayoritaria determine tu postura, solo que con el signo invertido. En lugar de pensar por tu cuenta, reaccionas de forma previsible.

Y llevar la contraria tiene sus propias recompensas sociales. Ser el que discrepa puede convertirse en una identidad, en una manera de sentirse especial, en una pretensión de superioridad intelectual, y uno puede quedar tan atrapado en la necesidad de discrepar como en la necesidad de asentir.

Qué funciona de verdad

No tengo una respuesta completa, pero esto es lo que parece ayudar:

Fórmate las opiniones más despacio. Cuando te topes con un tema nuevo, resiste el impulso de tener una postura inmediata. Fíjate en la presión por opinar, que suele aparecer a los pocos segundos de la exposición: esa presión es lo que el sistema explota. No te formes opiniones sobre cosas en las que no has pensado. «No sé lo suficiente para tener una opinión» es una postura válida, y cada vez más rara.

Busca fuentes de las que desconfíes. No cualquier fuente, sino gente inteligente que discrepa de ti. Lee sus argumentos tal como los escribieron, no los resúmenes que hacen de ellos quienes piensan como tú. No hace falta que te convenzan, pero deberías entender su posición lo bastante bien como para exponerla con generosidad.

Fíjate en cuándo te incomodas. Si un argumento te pone a la defensiva, eso es un dato. Ponerse a la defensiva suele significar que el argumento amenaza algo que crees, lo cual no quiere decir que el argumento tenga razón, pero sí que deberías examinarlo con más cuidado en lugar de descartarlo más deprisa.

Cultiva la experiencia directa. Con las cosas que puedes experimentar de primera mano, hazlo antes de opinar. Ve la película antes de leer las críticas. Prueba el restaurante antes de consultar las puntuaciones. Visita el sitio antes de leer sobre él. La experiencia directa es el antídoto contra la opinión de segunda mano; hay algo insustituible en formarse un juicio a partir del propio encuentro con la realidad.

Permítete que algo no te importe. No necesitas opinar de todo. La mayoría de las polémicas no merecen tu atención, y la mayoría de los debates enfrentan dos posturas igual de equivocadas, o igual de parcialmente ciertas, o sencillamente sin importancia, así que negarse a entrar es, a veces, la respuesta más auténtica.

Por qué importa

Puede que te preguntes por qué importa todo esto. Si mis opiniones las moldean los algoritmos y la presión social, ¿y qué? Las de todo el mundo lo están. Al menos encajo. Al menos sé qué decir en las fiestas.

El problema es que las opiniones son algo más que posturas: son tu manera de ver el mundo. Determinan lo que ves y lo que ignoras, lo que persigues y lo que evitas, en quién confías y a quién descartas. Delegar tus opiniones es delegar tu percepción, y la percepción moldea la acción, que a su vez moldea la vida.

Una vida vivida con opiniones prestadas no es, en un sentido nada trivial, tu vida, sino una vida moldeada por quien controla los algoritmos, por quien domina tu entorno social, por quien llegó a ti primero. No tiene por qué ser una mala vida, pero es una vida de la que no eres del todo el autor.

No sé qué deberías pensar sobre ningún asunto concreto. Ni siquiera estoy seguro de lo que pienso yo sobre la mayoría. Pero sé que, pensemos lo que pensemos, debería ser porque lo hemos pensado nosotros, no porque otros lo hayan pensado por nosotros y nos lo hayan instalado sin que nos diéramos cuenta.

En una época en la que la influencia es invisible y las preferencias se fabrican, el simple hecho de saber lo que piensas se ha convertido en un acto de resistencia.

Escrito por

Javier del Puerto

Fundador de Kwalia