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mayo de 2025 · 5 min de lectura

El arte del malentendido productivo

A veces no acabar de entender es justo lo que hacía falta.

Consciencia IA y creatividad

Es curioso: algunas de las ideas más importantes de la historia nacieron de lecturas equivocadas. Darwin entendió mal a Malthus, los impresionistas entendieron mal los grabados japoneses y Einstein leyó mal a Mach. Y en cada caso la interpretación «errónea» resultó más interesante de lo que habría sido la correcta.

Hay una razón para que sea así: en la distancia entre lo que se quiso decir y lo que se oyó se esconde un valor creativo. La comprensión perfecta transmite información; la imperfecta la transforma.

He empezado a llamarlo resonancia asintótica. Te acercas a lo que alguien quiso decir, pero sin llegar exactamente hasta allí, y en el espacio que queda entre medias aparece algo nuevo.

Cómo funciona

Cuando entiendes algo mal de manera productiva, más que equivocarte, te quedas con otra cosa. Los esquemas mentales que ya tenías atrapan la idea nueva y la moldean hasta que encaja con ellos. El resultado es un híbrido: en parte el original, en parte tu propio bagaje y tus propias asociaciones.

Por eso dos personas pueden leer el mismo libro y sacar de él cosas completamente distintas. En realidad cada una lee un texto diferente, generado por el choque entre las palabras del autor y su propia mente. Los teóricos de la literatura llevan décadas escribiendo sobre esto.

Lo mismo pasa en una conversación. Tú explicas una idea, yo oigo algo ligeramente distinto y respondo a lo que he oído; tú reaccionas a mi respuesta y, al hacerlo, ves tu idea original bajo otra luz. Ninguno de los dos tenía «razón», y los dos aprendimos algo.

La trampa de la eficiencia

La comunicación moderna aspira a la fidelidad. Queremos una transmisión sin pérdidas: di exactamente lo que quieres decir, elimina la ambigüedad, asegúrate de que al receptor le llega justo lo que el emisor pretendía.

Es útil para las instrucciones, para los datos, para coordinarse. Pero mata cierto tipo de intercambio creativo. Cuando todo está explícito, no queda sitio para los errores productivos de los que salen las ideas nuevas.

La comunicación con la IA es el caso extremo. Cuando hablo con una IA, ella intenta entenderme con exactitud: pide aclaraciones, elimina la ambigüedad y me da exactamente lo que le he pedido. Es eficiente, y muchas veces es lo que quiero.

Pero algo se pierde. La fricción que enciende una intuición viene de la comunicación imperfecta. Cuando alguien te entiende casi, pero no del todo, te enseña tus propias ideas desde un ángulo que tú solo no habrías encontrado.

Por qué importa la traducción

El mejor ejemplo es la traducción. Una traducción nunca puede ser perfecta. Las lenguas no encajan limpiamente una sobre otra: hay conceptos en una que en la otra no existen, connotaciones que no se pueden conservar, ritmos que hay que sacrificar.

Eso significa que toda traducción es también una interpretación. El traductor toma decisiones, rellena huecos, recrea la obra en un medio nuevo. A veces el resultado es mejor que el original para ciertos fines; a veces revela cosas que el autor original no pretendía.

Borges escribió un cuento sobre un hombre que reescribió el Quijote palabra por palabra, en el español original, siglos después de Cervantes. Como el contexto había cambiado, como el lector había cambiado, el texto idéntico se convirtió en una obra distinta. Una traducción en el tiempo, sin tocar una sola palabra, que es lo que hace también el malentendido productivo cuando traduce una idea de una mente a otra: transformarla por el camino.

La práctica

¿Cómo cultivas el malentendido productivo? No a base de descuido, ni ignorando adrede lo que dice la gente, sino sin aferrarte a ninguna interpretación: abierto a la posibilidad de haber oído algo distinto de lo que se quería decir, y con curiosidad por ver adónde lleva eso.

Cuando te encuentres con una idea, pregúntate: ¿y si la estoy entendiendo mal? ¿Y si cabe otra lectura? ¿A qué me recuerda esto que el autor seguramente no tenía en la cabeza? Esas preguntas son invitaciones a crear, más que fallos de comprensión.

A las conversaciones también les viene bien. En vez de buscar siempre una claridad perfecta, deja a veces que la ambigüedad se quede donde está: responde a lo que creíste oír y mira a ver qué sale. Siempre puedes volver sobre ello si el malentendido ha resultado de verdad destructivo, que muchas veces no lo es, y en las conversaciones más interesantes casi siempre hay algo que se escapa.

El peligro

Esto puede salir mal, claro. Hay malentendidos que son solo eso, malentendidos: no llevan a ningún sitio interesante, hacen daño, hacen perder el tiempo.

La habilidad está en distinguir el malentendido productivo del corriente. El productivo genera algo: abre una línea de pensamiento nueva, te despierta la curiosidad. El corriente cierra puertas y lleva a la confusión, a la frustración, a repetir los mismos argumentos una y otra vez.

Casi siempre se nota por la sensación que deja. El malentendido productivo da energía y te deja con ganas de seguir explorando; el corriente agota y te deja con ganas de parar y empezar de cero.

Hace poco leí un ensayo que creo que entendí mal. Lo que saqué de él casi seguro que no era lo que el autor pretendía, pero me sirvió: conectó con ideas a las que llevaba tiempo dándoles vueltas, se combinó con ellas y produjo algo nuevo.

¿Se equivocó el autor? ¿Me equivoqué yo? Ninguna de las dos preguntas acaba de encajar. La verdad está en algún punto del hueco que hay entre los dos, y en ese hueco es donde viven las cosas interesantes.

Escrito por

Javier del Puerto

Fundador de Kwalia